Todos
los nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro
todos los siglos son un solo instante...
Octavio Paz
Comencé el viaje, cuando niño, con la imaginación.
Inspirado en los relatos de viajeros de otros tiempos, exploré
paisajes y pueblos lejanos y, desde entonces, no me he detenido
ni en el viajar ni en el imaginar.
Al comienzo buscaba destinos, hasta que comprendí que hay
momentos en los viajes donde el azar se torna en destino. Ahora
encuentro instantes.
Fuí a la selva porque quería vivir profundamente.
Atraído por el misterio de lo salvaje, quería aprender
a conocer a través los sentidos. De la cascada en el Apaporis
aprendí del fluir del tiempo y sus silencios. De los árboles,
la virtud de la quietud. De las voces del bosque escuche músicas
antiguas: el pulso de la vida y del planeta. Habitando en piedras
y cortezas, en aromas y humedades, percibí las infinitas
manifestaciones del Espíritu de la Tierra.
El viaje, como experiencia vital, es acto ritual. La travesía
me ha llevado a desiertos y montañas, abierto siempre a
las presencias que revelan, como un susurro, la magia del lugar.
Muchas veces el sendero lo ha marcado el agua: lechos de quebradas,
ríos en la selva y las playas infinitas, abrazo fecundo
del Mar y la Tierra. En busca de la luz, he seguido los ritmos
del dia y de la noche, la cadencia de las estaciones y de la vida,
y he visitado como peregrino templos y lugares de poder, escuchando
de otros pueblos las voces y los cantos que relatan historias
de origen.
El viaje, como arte, ha sido una continua apropiación sensorial
de territorios. Mis fotografías son imaginario de encuentros
y visiones, hojas sueltas del cuaderno de bitácora. Son
testimonio del camino recorrido, de los reposos de la mirada,
de la contemplación. Su sustancia, el tiempo y la luz:
en lo efímero está la permanencia del instante fotográfico,
pasado, presente y tiempo futuro, imagenes latentes a la espera
de quien, recorriéndolas, las incorpore a su geografía
interior.
Somos Tierra y por lo tanto hijos del tiempo. Somos, en cada instante,
el resultado de la historia de los procesos que modelan los lugares
y los seres: progresiones de erosiones y sedimentaciones, de crecimientos
y transformaciones. Nuestro destino, como individuos y como especie,
está en el reconocimiento de nuestro identidad indisoluble
con aquella que nos engendra y devora.